¿Te comerías los pecados de un muerto por seis peniques? B2
Un plato de madera sobre el pecho del cadáver, una rebanada de pan seco y un vaso de cerveza negra. —Accipite et comedite —susurró Richard Munslow en la puerta de la casa. Su voz era fría, como el aire del condado de Salop. Munslow no era un sacerdote; tenía las manos manchadas de tierra, propias de un granjero. Se acercó al cuerpo. Tomó el pan. La miga dura había absorbido el sudor frío del muerto. Sin dudar, puso el pan en su boca, masticó despacio y bebió la cerveza de un solo trago. No hubo bendiciones en latín ni oraciones litúrgicas. Solo pronunció una frase corta: —Doy alivio y descanso a tu alma; por ella te doy la mía. No vuelvas por nuestros caminos. Unos segundos después, unas monedas cayeron sobre la mesa. Nadie le dio la mano. La familia del difunto caminó hacia las esquinas de la habitación, evitando tocar a Munslow. Para esa gente, el hombre ya no era un vecino: era un cuerpo lleno de secretos, mentiras y deudas de otra persona. Un hombre contaminado. ...