El Club Macaroni: la extravagante moda que hizo temblar la masculinidad británica del siglo XVIII - Nivel B1+
En la Inglaterra de 1764, si querías demostrar que pertenecías a la alta sociedad, tenías que hacer un tour por Italia. El problema fue que algunos jóvenes aristócratas regresaron de ese viaje con modales bastante refinados y una fijación casi obsesiva por un plato relativamente extravagante para los británicos de la época: los macarrones. No pasó mucho tiempo antes de que en el club Almack’s los bautizaran, en tono burlón, como el Club Macaroni.
Aquellos muchachos no querían pasar desapercibidos. Salían a la calle para llamar la atención a cualquier precio.
Llevaban pelucas gigantescas, medían más de veinte centímetros de altura y las cubrían con harina de trigo; eran tan altas que el sombrero no entraba en la cabeza; tenían que llevarlo en la mano.
Se pintaban la cara con colorete. Usaban perfumes fuertes, zapatos con tacón rojo y dos relojes de bolsillo al mismo tiempo. Solo querían que todo se viera simétrico.
Para muchos londinenses, aquella apariencia resultaba extraña y provocadora. La prensa de la época empezó a llamarlos “criaturas anfibias”, hoy los llamaríamos personajes híbridos, porque parecían pertenecer a un mundo intermedio: demasiado refinados para los hombres tradicionales y demasiado extravagantes para la sociedad inglesa.
La prensa satírica de la época los ridiculizó al máximo. En una de las caricaturas más famosas se veía a uno de estos muchachos saliendo del cascarón de un huevo completamente vacío. El huevo vacío era una burla evidente: sugería que detrás de aquella apariencia extravagante no había cerebro.
Pero las risas duraron poco, y el problema se volvió político.
La burla, sin embargo, se volvió paranoia política cuando Gran Bretaña entró en conflicto con sus colonias americanas. Ver a la élite londinense imitando la moda de Francia —el gran rival histórico— se sintió como una provocación. Los periódicos no se preguntaban si estos jóvenes sabían de política, sino algo más práctico: si un tipo que tardaba tres horas en empolvarse el pelo podía sostener un fusil. Cuando aristócratas gastaban fortunas en ropa extravagante, la burla dejó de ser chistosa y pasó a verse como una amenaza a la moral del imperio.
El imperio no iba a tolerar esto por mucho tiempo.
Y como suele ocurrir con las subculturas, el fin llegó cuando la moda se popularizó. En cuanto los sirvientes y la clase trabajadora empezaron a copiar los cortes ajustados, la aristocracia perdió el interés y abandonó los trajes por pura vergüenza. El remate definitivo lo dio el gobierno en 1795 al grabar con impuestos el uso de harina para peinados, volviendo la extravagancia sencillamente impagable.
Para comienzos del siglo XIX, las pelucas kilométricas ya eran historia y Londres adoptaba la sobriedad que caracterizaría al traje masculino moderno.
Al menos la extravagancia sirvió de algo. Para no arruinar la silueta de sus trajes, diseñaron los bolsillos interiores de las chaquetas que seguimos usando hasta hoy.
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